“Es un estudio observacional, aunque tiene una base de datos grande y realizada durante mucho tiempo”, explica Cristóbal Morales, endocrinólogo en el Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla, ajeno al estudio. El análisis no demuestra, por tanto, que el medicamento sea el causante de los efectos enumerados. Pero estos son lo bastante consistentes (reducción del riesgo entre el 10% y el 20%) y la base de datos, lo suficientemente grande (casi dos millones de pacientes durante tres años), para pensar que hay una relación directa. “Con big data se pueden rascar estos resultados en bases de datos muy grandes y esto es positivo. Pero hay que recordar que aquí solo podemos constatar asociación, no causalidad”, añade.
El objetivo de esta investigación, en palabras de sus propios autores, no fue analizar un efecto en concreto y demostrar causalidad, sino construir un atlas de la asociación de riesgos y beneficios de este medicamento relativamente nuevo. “Es como cuando Cristóbal Colón llegó a América, y pensó en mapearla para orientarse –dice Al-Aly–. Es lo que estamos haciendo nosotros, dibujar un paisaje de beneficios y riesgos”.

Esto abre la puerta a que en el futuro, después de muchas reformulaciones e investigación, podamos hablar de un Ozempic para la demencia, para el alcoholismo o para el Alzheimer. Aún queda mucho camino por recorrer, pero este estudio estableció un primer mapa para poder localizar la senda y muchas empresas están dispuestas a lanzarse a esta aventura. En la actualidad hay una carrera científica y comercial para dar con el siguiente uso revolucionario de los agonistas del GLP-1. Todos tienen presente el caso de Novo Nordisk, el laboratorio danés que en 2018 presentó Ozempic y que hoy tiene una capitalización en bolsa de 382.000 millones de dólares, lo que lo convierte en la mayor empresa de Europa.
Esto tiene enormes implicaciones empresariales y económicas, pero desde el mundo científico, la duda es otra. ¿Cómo un medicamento contra la diabetes tiene tantos y tan variados efectos? “Las medicinas no funcionan quirúrgicamente. Están diseñadas para hacer una sola cosa, pero la realidad es que casi nunca es así”, reflexiona Al-Aly. “La biología es compleja y múltiple, y si tocas una cosa vas a crear una red de varios efectos”, suma. Los GLP-1 actúan sobre el intestino, pero también sobre el cerebro, afectando a zonas que están involucradas en el control de los impulsos y la señalización de recompensa. Esto explicaría por qué ayudan a mitigar los problemas de adicción. Estos medicamentos también afectarían a los vasos sanguíneos, y al hacerlo tendrían un efecto potencial sobre el corazón. Hay investigaciones que sugieren que también reducen la inflamación, incluida la del cerebro, lo que podría explicar su efecto protector ante las enfermedades neurodegenerativas.
“Pero también hay otra teoría más sencilla que puede explicar todos estos efectos positivos sobre la salud”, afirma Al-Aly. La obesidad está considerada una enfermedad en sí misma, pero también la puerta de entrada a otras muchas. Es el quinto factor de riesgo de muerte en el mundo y cada año fallecen 2,8 millones de personas adultas como consecuencia de esta condición. “Cuando tratamos la obesidad, es normal que esto afecte a otras enfermedades, pues es la madre de todas ellas”, resume el experto. Aunque no se pronuncia, con la evidencia científica disponible, sobre cuál de estas dos teorías tiene más fuerza.
La primera supondría que estamos hablando de un medicamento milagroso con múltiples usos. La segunda sería menos rentable para las empresas y tendría menos presencia en los medios, pero sería igual de revolucionaria desde el punto médico. Significaría que la obesidad es aún más peligrosa de lo que ya se cree. Y que hay una manera efectiva y sencilla de aumentar la esperanza de vida y mejorar la salud cognitiva y conductual: mantenerse en un peso saludable.
Por Enrique Alpañés
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